Cloacina mundi, siglo XXI

Cloacina1

Por Guy Briole

 guy briole

Guy Briole: Es psicoanalista en París, Francia. Analista de la Escuela (AE 2010-2013) y Analista Miembro (AME) de la Causa Freudiana (ECF) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) Médico psiquiatra. Ex Decano de la Universidad de Medicina de Val de Grace-Paris. Profesor de Universidad de Paris VIII. Docente del Instituto del Campo Freudiano (ICF) y de la sección Clínica de Paris, Saint-Dennis. Asesor de la red 11M (Madrid).


El Malestar en la civilización no es sino «el malestar del hombre en el mundo»2. El inicio del siglo XXI nos lo muestra en un despliegue en el que pocos pueblos escapan de la violencia, al odio de los hombres hacia otros hombres en cuanto pueden aprovechar una pequeña diferencia para justificar hacer desaparecer al otro, maltratarlo, arrojarlo a los caminos del exilio, aparcarlo en los campos de concentración. Por todas partes las mismas escenas de personas amontonadas como masas, en las que todo lo que quedaría de humanidad serían esas bocas hambrientas y no habría ningún otro horror más que los montones de desechos en medio de los cuales sobreviven. La analidad recubre la oralidad voraz, el otro es reducido a su función excrementicia y solo queda un universo cloacal que refuerza más aún el odio de aquéllos que no lo ven porque miran hacia otro lado.
Freud insistió mucho en la relación entre el odio y el erotismo anal, principalmente en lo que se refiere al componente sádico residual de la sumisión a la educación esfinteriana, generadora de lo que él llama un «espíritu vindicativo»3. Jones, en cambio, puntualiza que esta conexión de la analidad con el odio no es propia de la neurosis obsesiva, sino que se encuentra en las diferentes estructuras. El sentimiento de coerción propio de la disciplina anal hace que se desplace el sentimiento inicial de odio, dirigido a la imago materna, hacia un exterior, un extranjero/extraño, en el que alojar esa vivencia íntima ligada a pulsiones sádicas. Jones llegará a hablar de razones íntimas, a lo que añadiremos que no son racionalmente conscientes, de tal manera que lo que se le escapa al sujeto es saber el porqué de su odio.4

La pobrefobia (pauvrophobie)
ATD Cuarto mundo internacional5 denuncia día a día la violencia hacia la extrema pobreza, la indigencia y el desprecio en el que se aísla a los pobres. Introducen un nuevo significante para nombrar la actitud frente a estas personas, de las que se podría dudar si pertenecen todavía a la comunidad de los hombres: la pobrefobia. Los actos de violencia, la persecución de los sin techo en la calle, los actos contra los más necesitados se multiplican en Francia y en otros países ricos. De este modo, las autoridades se ven obligadas a intervenir haciendo rondas de vigilancia con la policía montada en los bosques cercanos a París, con el fin de calmar la furia de las comunidades pudientes que viven en sus alrededores y que se quejan de que sus hijos puedan, en cualquier momento, pisar las salvajes deyecciones dejadas por esos pobres, ¡que desprecian la higiene que, por otro lado, se les niega!
Los pobres, los exiliados, los derrotados en las guerras, las víctimas que son objetivo de los genocidios, son identificados con los residuos de nuestras sociedades capitalistas. Antes permanecían en sus países, morían en campos de concentración, eran masacrados en interminables convoyes de la muerte, eran diezmados por las grandes endemias. Hoy día son visibles, para todos y por todas partes. Dan cuerpo a esa identificación con la que se les hace cargar, la de ser las deyecciones del mundo pobre, añadiendo lo real de sus excrementos. He aquí una analidad no sublimada, incluso todo al contrario, forzada hacia lo real del cuerpo que, a semejanza del melancólico, hace de esas inmundicias el espantajo de una cloaca gigante que inundaría el mundo de los ricos y de los poderosos bajo un tsunami de deyecciones de los pobres. Solo el mar Mediterráneo le pone freno, engullendo este año 2016 a unas 3800 personas, de acuerdo con las cifras comunicadas por el ACNUR (-en las siglas del inglés HCR- Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados)el día 31 de octubre.
He aquí, ciertamente, un universal de siempre, y la relación que se puede tener con los exiliados6 con los rechazados de la sociedad, con aquellos que se constituyen o a quienes se hace consistir como enemigos extranjeros, esta relación pasa por la mirada que se les dirige y que incluye el modo en que ellos nos miran: en el encuentro de las subjetividades eso nos concierne, algo nos mira.

El odio no es dialéctico
El odio toca a los cuerpos. Es ciertamente el real del cuerpo el que está en juego en el odio. Es un paso más respecto a los celos – basados en la rivalidad imaginaria – hacia esa pasión que es el odio, el cual, por su parte, compromete al cuerpo y al goce que de él emana; goce siempre marcado por una diferencia, por la pequeña diferencia antes mencionada. Este odio se encuentra también intrincado con la analidad, siempre del lado de lo peor cuando se trata del cuerpo de los otros.
El odio no es dialéctico y “las pasiones están separadas de la verdad”7. La verdad, relacionada con el saber y el amor, cede el paso cuando se trata del odio, en el que el agujero en lo real ya no es colmado por el saber sino por el ser. Dicho de otro modo, la « relación del ser con el ser se traduce en odio »8 El Otro del amor es el de los celos y Lacan, en relación al Huno, introduce un Hotro, el del odio.9  Este Hautre-là [Hotro-de-ahí] se presenta ya como un Otro extranjero, enigmático en cuanto al modo de goce que se le presta. ¡Malo, por supuesto! Y, en nuestros días, todos esos lugares, desde los barrios de chabolas hasta las ciudades mártires de Oriente Medio, también las islas griegas, el sur de Italia, la « jungla de Calais » y muchos otros lugares, están cargados de esa amenaza que no se sabe cómo ni cuándo terminará. Los cuerpos tienen sus necesidades -que hacen de ellos cuerpos vivos- y sus prioridades pulsionales que hacen que no siempre sean dóciles. Lo que constituye la huella de la civilización encuentra la misma suerte que los cuerpos, la barbarie moderna no tiene nada que aprender de la del pasado. La caridad no es la alternativa: consagrarle embajadores para quienes lo real desatado no sería un límite ante amor del prójimo no es más que falsa buena conciencia. Pero, como nos enseña Lacan, aunque fuesen santos no harían caridad, ya que todo santo se pone más bien a hacer de desecho, descarida.10


Traducido por Helena Torres, revisado por Enric Berenguer

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Referencias bibliográficas


  1. Cloacina, divinidad etrusca, que contiene a la vez cloare [purificar, limpiar] y cloaca
  2. Lacan J., El seminario, libro 7, La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2009, p. 51.
  3. Freud S., “Carácter y erotismo anal” [1908], in: Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, Tomo IX, 1993.
  4. Jones E., « Haine et érotisme anal dans la névrose obsessionnelle ». In : Traité théorique et pratique de la psychanalyse [1925], Paris, Payot, 1925, p. 705-714.
  5. Asociación internacional de lucha contra la extrema pobreza. http://www.atd-cuartomundo.org/
  6. Dutrénit Bielous Silvia, Aquellos niños del exilio, México, Instituto Mora, ‘Testimonios », 2015, p. 426.
  7. Vieira M. A., L’éthique de la passion. Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 1998, p. 195.
  8. Idem.
  9. Lacan J., El Seminario, libro 19, … O peor, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 97.
  10. Lacan J., « Televisión », en: Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 545.

 

 

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