Nuestro invitado al Seminario Internacional del CIEC Jóvenes 2017. Inhibiciones, síntomas y angustia.

por Gisela Smania

 xavier esque

Xavier Esqué: Es psicoanalista en Barcelona, España. Analista Miembro de la Escuela (AME) Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) AE 2003-2006. Psicólogo especialista en Psicología clínica. Docente de la Sección Clínica de Barcelona.

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Gisela Smania: Es psicoanalista en Córdoba, Argentina. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) Adherente del Centro de Investigación y Estudios Clínicos (CIEC)

Gisela Smania: ¿Qué lectura puede ofrecer el psicoanálisis respecto al fenómeno que se trama entre la segregación y su contra cara, los modos inéditos de aglutinamiento, principalmente en la experiencia de los jóvenes de nuestro tiempo?

Xavier Esqué: Una cosa es la segregación estructural, la constitutiva del sujeto, la segregación inherente al discurso y por tanto al lazo social, y otra muy distinta son los fenómenos de segregación generalizada que actualmente vemos producirse en el mundo. Los actos de segregación se sitúan hoy en una escalada de violencia mayor, se generalizan, y resultan incluso cada vez más mediáticos.

En efecto, la segregación no deja de ser un factor que forma parte del malestar en la cultura, forma parte de la civilización. En El Seminario 17 Lacan señala que todo lo que existe en la sociedad está fundado en la segregación, que nada puede funcionar sin ella, y que no es posible reducirla del todo porque ella es efecto del lenguaje.

No obstante, en la Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela, Lacan anticipa una generalización de los procesos de segregación, dice así: “nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”. Con el término de “mercados comunes” Lacan nombra uno de los dispositivos surgidos de la alianza del discurso de la ciencia y el discurso capitalista. En efecto, la ciencia y el capital juntos –sumados el universal de la ciencia y sus aplicaciones técnicas con lo global del capital- engendran una voracidad tal que sus agentes son empujados a no dejar, en ningún rincón del planeta, la más mínima actividad susceptible de generar plusvalía. Y cuando hablamos de actividad económica no nos referimos solamente a la industria o a las finanzas, sino que hablamos de educación, de medicina, de servicios sociales. Ya no son los maestros, ni los médicos, ni los profesionales los que deciden sobre su disciplina, son los gestores, los gerentes, las burocracias administrativas económicas. La civilización humana se resiente de ello. Estamos en un tiempo de pasaje a la post-humanidad. Las muestras de ello son múltiples, por ejemplo: el Mar Mediterráneo ya no es el que era, poco tiene que ver con el de la canción de Joan Manuel Serrat. No sólo por los efectos demoledores de la especulación en sus costas sino sobre todo porque en él tienen lugar actualmente los más duros procesos de segregación. En determinados puntos el mar funciona como fosa común y en su orilla se construyen algunos de los nuevos campos de concentración contemporáneos.

¿Qué hacer en tanto psicoanalistas? ¿Cuál fue la posición de Lacan ante la subjetividad de su época? La posición de Lacan nunca fue conformista, resignada, sino de combate, en el sentido de que su pregunta fue si el discurso psicoanalítico sería capaz de continuar poniéndose a través, es decir, capaz de seguir siendo un síntoma de la civilización. Un síntoma que brinde al parlêtre la oportunidad de encontrar a un psicoanalista, la oportunidad de pasar por la experiencia analítica y de salir de ella habiendo construido un nuevo lazo social.

En nuestras ciudades la expansión de los fenómenos de segregación va de la mano de la invención de nuevas formas de aglutinamiento, de nuevas clases de agrupamientos sociales. Entre los jóvenes las llamadas tribus urbanas son un ejemplo, pero no sólo, hay otras muchas formas de aglutinamiento que no se reconocerían bajo este apelativo de tribu. Tales agrupaciones, formas contemporáneas del lazo social, tienen como característica principal el hecho de que no consiguen hacer Uno y que, por tanto, se diversifican, se transforman, se diluyen, se consumen. Tal proliferación de identidades se sostiene de identificaciones horizontales -a diferencia de las identificaciones clásicas verticales al líder- y suelen ser transitorias, ya que sus fundamentos discursivos son bastante inconsistentes. Son formas de aglutinamiento organizadas a partir de modalidades de goce. No se sostienen por los ideales sino que lo que comparten fundamentalmente es una forma de gozar.

En efecto, con el declive del padre no es en el Otro donde el joven parlêtre encuentra su ser, sino que es por la vía del objeto a, por la vía del goce. El Otro no existe, ciertamente, pero en su lugar están los S1, enjambres de S1 lanzados desde el mercado a partir de los cuáles un sujeto podrá sentirse “nombrado para”, fabricándose una identidad. También están las formas más imaginarias, ahí el joven se agarra a trozos, a recortes, a modos de goce del objeto que dan una envoltura a su ser a partir de la imagen i(a). Aquí lo que puede hacer de argamasa a estas identificaciones imaginarias y simbólicas, oscilantes y cambiantes, es el síntoma. Entonces podremos hablar de “identidad sintomal”, aunque únicamente pasando por la experiencia analítica será posible acceder a ella, conocerla.

Gisela Smania: El sintagma "la salvación por los desechos" resulta útil para pensar las chances del discurso analítico, allí donde la ley de hierro hace sonar más que nunca su imperativo en los modos de vivir. El analista mismo puede, en este sentido, ofrecerse como la presencia sutil de un desecho, haciendo ex-sistir un trozo de la experiencia subjetiva que puede desprenderse del empuje al totalitarismo que signa nuestra época.
¿Cómo podemos pensar desde esta perspectiva la partida posible que el analista juega en su práctica con los jóvenes?

Xavier Esqué: De entrada, me parece fundamental tener en cuenta que los jóvenes de hoy se encuentran ante una crisis, más o menos generalizada, que revela la impotencia de los semblantes para prometer un porvenir de progreso. Eso deja a los jóvenes más solos aun en un momento de su vida en que la fuerza pulsional se encuentra bastante desatada y que despunta por encima de todo. El joven se encuentra en la coyuntura de hacer frente a ese goce desregulado, desenfrenado, en un momento en que la crisis de las instituciones sociales es claramente manifiesta.

Por otra parte, tenemos que el discurso dominante impone un paradigma universal homogeneizador -lo mismo para todos- tratando de borrar la diferencia en el registro del deseo y del goce. Como decíamos anteriormente, si para Freud la cohesión grupal venía dada por el hecho de compartir una serie de significantes ideales y por la identificación al líder, para Lacan el lazo social se sostiene por el fantasma, a partir del goce y no tanto a partir de la identificación

Los jóvenes transportan el trou (el agujero) de lo traumático de la existencia de todo ser hablante a flor de piel, porque es en ellos donde probablemente se manifieste con mayor violencia la incompatibilidad del lenguaje y el goce. El equilibrio encontrado en años anteriores, en la infancia, ahora no sirve porque se tienen que confrontar a un nuevo real en juego, la hora de la verdad del encuentro con el Otro sexo los pone a prueba de una manera inédita hasta entonces. En el tiempo de independizarse de las figuras familiares y de encarar su porvenir los jóvenes descubren, desde una nueva perspectiva, su vulnerabilidad: embrollados como están con el amor, con el desconocimiento de su deseo, con los imperativos del goce, con la crisis de sus ideales, con los pasajes al acto.

Con el crecimiento de las desigualdades, demasiados jóvenes quedan excluidos del saber, muchas veces es ahí donde comienza el proceso de segregación que conducirá a su exclusión del mercado laboral y a pasar a engrosar las listas de desempleados año tras año, cosa que favorece todo tipo de violencia.

Muchos jóvenes, ante ello, buscan resguardo, y se identifican y se aglutinan con sus pares en función de determinadas modalidades de goce, aunque sabemos que eso suele ir en detrimento de un verdadero proceso de subjetivación. Son los nuevos síntomas del lazo social, en el sentido que afectan el lazo con los otros: alcoholismo, toxicomanías, anorexia, suicidios, violencia, etc. Para algunos jóvenes estar ahí es el signo de un llamado mudo y desesperado de ayuda, otros encuentran ahí una identidad, un ser de goce. En muchos de estos últimos casos se trata ya de fenómenos de ruptura, de marginalización. Cuando el joven es puesto ya en una casilla, alcohólico, toxicómano, etc., ya le es más difícil pedir en nombre propio porque su ser está fijado y reducido a una posición de goce, es una segregación cumplida.

Solo el psicoanálisis es capaz de restaurar la posición de sujeto, la de un sujeto responsable. Con ello se trata de transformar el malestar en un síntoma identificable para el sujeto, y con el síntoma la causa y la satisfacción podrán ser buscadas, y es por esa vía que se podrá encontrar la causa del deseo. Para encontrar las ganas y la alegría de vivir, para poder hacer una apuesta por el porvenir el joven necesita descubrir las coordenadas de su deseo. No es un saber normativo el que le hace falta. Es la apertura del inconsciente propiciada por el dispositivo analítico lo que puede permitir el encuentro del significante con el goce. Es por medio del goce del síntoma que el sujeto podrá anudar su goce singular a un lazo social.

Los jóvenes se presentan mayormente en la clínica bajo las manifestaciones de la angustia y en coyunturas próximas a pasajes al acto. Los analistas nos vemos confrontados muchas veces con la presencia de un goce autista que no habla, sabemos que ese goce encierra a cada uno en sí mismo ¿Cómo hacer entonces? ¿Cómo hacer hablar al goce? El psicoanalista deberá producir cierto forzamiento de la palabra, forzar hasta que el goce pueda hablar, ésta es la apuesta. Se trata de ayudar a transformar, mediante la transferencia, el malestar en síntoma, entonces el síntoma se podrá leer (del lado del goce ello no habla, del lado del amor ello si habla).

Se trata, en definitiva, de hacer hablar lo real, aun sabiendo que el sujeto tan solo podrá mal-decirlo. El analista por su acto se hace partenaire del goce Uno del sujeto y después, si es el caso, se hará también partenaire del inconsciente transferencial, permitiendo así que el sujeto pueda entrar en el discurso psicoanalítico y poder orientarse en función de su deseo. De este modo si el sujeto lleva su análisis lo suficientemente lejos podrá cambiar de posición en su relación con el Otro y con el goce. Pero para todo ello el psicoanalista tiene que pagar con su persona, y poner el cuerpo.

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